lunes, 18 de octubre de 2010

Martín - Habitación 415



Entre la consciencia y la incosnciencia.

Ayer me costó conciliar el sueño. No hacía nada más que mezclar la realidad con las pesadillas de siempre. Menos mal que Lourdes me preparó una tila, hicimos el amor intensamente y caí postrado a los pies de Morfeo.

La realidad.

Por fín vuelvo a notar las piernas sin temblores. El aliento retorna a su normalidad. Esos dolores del pecho, de rotura del alma (ahora lo llaman ansiedad residual) se fueron con los aires de principios de otoño.
Cojo fuerzas, creo que no tengo las vendas ni las cintas.
Aprovecharé que me están lavando pues noto que a mi cuerpo sólo le tapan las vergüenzas que los demás ven en mí.

Estoy en pelotas, en cueros, desnudo y desprotegido.

Cojo los ánimos que tiré tiempo atrás por los suelos y abro los ojos.
¡Joder, sigo sin ser yo! Donde cojones me habrán guardado, que estarán haciendo con mis pellejos... malditos humanos.

Oigo ruido en el pasillo pero esta vez les joderé yo. Les voy a destrozar este cuerpo que me obligan a vestir... a la mierda con ellos.

El drama o el alivio.

(Desde el pasillo)

- ¿Qué ha sido eso?
- ¿No me jodas que nos hemos ido a por un café y no le hemos vuelto a atar?
- ¡Corre que este cabrón nos da el lunes!

Entraron y vieron el cristal roto.

Mas abajo en la calle, justo en el lateral derecho de la entrada del sanatorio, yacía un cuerpo destrozado y plegado de forma imposible por la caída desde la cuarta planta, justo cuando entraba el autobus de los enfermos con permiso, para la adaptación después del tratamiento, de este pasado fín de semana... Todos gritaban, todos corrían. Los celadores, enfermeros y bedeles no daban con las prioridades.

Todo se dió la vuelta este lunes 18 de octubre de 2025 en este sanatorio de maxima eficacia recuperativa.

El escozor.

Martín, El interno que llevaba media vida encerrado por un shock al perderlo todo en la vida al enterarse que su empresa quebró, que su mujer se acostaba con su socio, que sus hijos, la chica y el chico, siguen sin perdonarle por dedicarse a trabajar para darles todos sus caprichos. Aquel que entró con el cuerpo lleno de cortes, gritando que le devolviesen su verdadero cuerpo, que ese no era el suyo. Aquel que se negó a abrir los ojos, a alimentarse por si mismo y que no habló en 15 años.

El consuelo.

Cuando le taparon después de certificar su muerte, seguía con los ojos cerrados, con lágrimas por la cara y sonriendo.

2 comentarios:

Anita Solohayuna dijo...

Me llamarás loco porque no dictas mis normas pero tu imagen no dista de la mía y mis miedos los veo en tu cara y mis obsesiones se asemejan a las tuyas...quieres que pierda lo que tú no apreciastes y no te conformas con eso sino que además me sentencias como culpable.
Llamamé loco y enciérrame en tu incomprensión y yo dedicaré mi vida a buscar una respuesta en la única verdad que existió siempre.

Perfecto!!

Comenzaba a echarte en falta

Sirena Varada dijo...

“después de certificar su muerte, seguía con los ojos cerrados, con lágrimas por la cara y sonriendo.”

Bajo la sombra protectora de la muerte pudo ser la sonrisa más hermosa de su vida, ya sin ataduras, sin distancias dolorosas. Ojos cerrados, lágrimas encadenadas, vivas, necesarias.

Esa descripción del rostro fallecido es, paradójicamente, una viva imagen de la vida: lágrimas por la cara y sonriendo... ¿Y los ojos? Algunos optan por mantenerlos abiertos, haciendo frente a la adversidad (nadie fracasa cuando la voluntad actúa), otros prefieren cerrarlos (el hombre es la máquina más perfecta para ahondar la decepción) huyendo, y hay quien los mantiene guiñados, intentando enfocar la mirada a los valles que sueña y que probablemente nunca alcanzará, o sí.

-¿Con qué te quedas de mí? le preguntaría él
-Ella:
-Siempre, siempre, siempre… Con tu sonrisa.

Impresiona tu historia, precisa, contenida y fluida, con un final perfecto (a mi parecer). Enhorabuena, Morfus.

Un beso